
El mundo afirma considerar la educación como un derecho universal, pero su sistema financiero cuenta una historia completamente diferente.
Nuevas cifras publicadas por la UNESCO muestran que 113 países, con una población total de 6.100 millones de personas, gastan hoy más en el servicio de la deuda que en educar a su población. En las naciones de bajos ingresos, los pagos de la deuda representan casi cuatro veces lo destinado a la educación. En 18 de los países más endeudados, los gobiernos destinan al menos cinco veces más recursos a pagar deudas que a sus sistemas educativos.
Estos datos no son simples señales de dificultades transitorias en las finanzas públicas, sino que revelan una profunda asimetría estructural.
Los acreedores poseen derechos legales exigibles sobre los ingresos del gobierno, mientras que los niños cuentan con declaraciones de derechos, objetivos de desarrollo y promesas políticas. Cuando ambos intereses entran en colisión, los acreedores cobran primero.
Las consecuencias son evidentes en aulas superpobladas, infraestructura escolar deteriorada, escasez de docentes, tarifas inasequibles y altas tasas de abandono escolar prematuro. A pesar de esto, tales resultados suelen describirse superficialmente como brechas de financiamiento o fallas de gobernanza interna, como si los gobiernos decidieran deliberadamente descuidar sus escuelas.
En realidad, muchos Estados operan dentro de un orden financiero internacional que restringe drásticamente sus opciones de política pública.
El Banco Mundial informa que los países en desarrollo transfirieron 741.000 millones de dólares más a acreedores externos en concepto de capital e intereses entre 2022 y 2024 de lo que recibieron en nueva financiación. Esta ha sido la mayor salida neta de deuda en al menos 50 años. Solo en 2024, los países de ingresos bajos y medianos pagaron la cifra récord de 415.000 millones de dólares solo en intereses.
En otras palabras, los flujos financieros se mueven frecuentemente en la dirección opuesta a la que sugiere el discurso oficial sobre la ayuda al desarrollo.
Las naciones más pobres suelen ser retratadas como beneficiarias pasivas de la generosidad occidental; sin embargo, enormes volúmenes de riqueza pública fluyen desde los países deudores hacia tenedores de bonos, bancos comerciales, instituciones multilaterales y gobiernos acreedores más ricos.
El dinero que podría utilizarse para contratar profesores, garantizar comidas escolares o construir nuevas aulas abandona los países de origen.
Esta dinámica resulta especialmente perversa porque la educación no es un simple bien de consumo gubernamental, sino una inversión fundamental en el futuro y la resiliencia de una sociedad. Recortar su presupuesto puede facilitar el pago de la deuda hoy, pero destruye la productividad, los ingresos fiscales y el bienestar social de mañana.
Los contratos de deuda se tratan como obligaciones vinculantes cuyo incumplimiento genera rebajas en la calificación crediticia, fuga de capitales, demandas judiciales y el cierre de los mercados financieros. En contraste, el derecho internacional a la educación carece de mecanismos comparables de cumplimiento.
Ninguna agencia de calificación crediticia penaliza a los acreedores cuando un país carece de suficientes docentes, ni se imponen sanciones financieras a los tenedores de bonos cuando el servicio de la deuda obliga a los niños a abandonar las aulas. Los mercados financieros no entran en pánico cuando la infraestructura educativa colapsa.
El sistema disciplina a los gobiernos por los acreedores que no cobran, pero no por los niños que se quedan sin futuro.
La UNESCO ha propuesto ampliar los canjes de deuda por educación. Bajo estos acuerdos, un acreedor cancela o reestructura parte de la deuda soberana a cambio de que el gobierno invierta una cantidad equivalente en programas educativos específicos.
Este tipo de iniciativas genera resultados tangibles. Un acuerdo de 2023 con Francia ayudó a Costa de Marfil a financiar más de 30 escuelas en zonas desatendidas. Un pacto con Alemania apoyó la provisión de material escolar en Egipto, mientras que un esquema previo entre España y Perú financió proyectos educativos en regiones vulnerables.
Aunque valiosos, estos programas no constituyen una solución integral a la crisis global de la deuda.
Los canjes de deuda suelen cubrir una fracción muy pequeña de las obligaciones totales de los países. Se negocian de forma selectiva, dependen enteramente de la buena voluntad de los acreedores e introducen nuevas capas de supervisión externa en la gestión pública interna. Lo más grave es que consagran el principio de que los acreedores tienen derecho absoluto al reembolso, a menos que decidan conceder una dispensa voluntaria.
El debate actual se centra en cómo persuadir a los acreedores para que permitan un poco más de gasto en educación, en lugar de cuestionar por qué las reclamaciones financieras deberían tener prioridad absoluta desde el principio.
Esta cuestión es urgente porque la ayuda internacional para la educación continúa disminuyendo. Las proyecciones de la UNESCO indican que la asistencia externa para el sector podría contraerse hasta en un 30 % entre 2023 y 2027.
Los países deudores se encuentran atrapados entre dos fuegos: la ayuda internacional se retira mientras las exigencias de pago de la deuda se intensifican.
La recomendación tradicional de que los países en desarrollo deben movilizar mayores recursos internos resulta insuficiente. Si bien la fiscalidad progresiva y el combate a la corrupción son esenciales, los ingresos adicionales no transformarán los sistemas educativos si se desvían de inmediato para cubrir deudas con altas tasas de interés o si se evaporan debido a la depreciación de las monedas locales.
El problema tampoco puede resolverse exigiendo políticas de austeridad cada vez más severas. Los presupuestos educativos consisten principalmente en gastos recurrentes, destacando los salarios docentes. Cuando las instituciones internacionales ordenan congelar el gasto público en personal, los gobiernos pierden la capacidad de resolver la escasez de maestros o de ampliar el acceso escolar.
Una respuesta verdaderamente seria requiere la anulación a gran escala de la deuda en los países de bajos ingresos, moratorias automáticas ante emergencias económicas y climáticas, financiación concesional mucho más amplia y un mecanismo multilateral transparente para la reestructuración de la deuda soberana.
En la actualidad, las negociaciones sobre la deuda están fragmentadas entre acreedores privados, prestamistas bilaterales y organismos multilaterales. Los gobiernos deudores deben lidiar con actores financieros sumamente poderosos mientras intentan evitar represalias por buscar alivio.
Un marco vinculante dentro de las Naciones Unidas para la deuda soberana permitiría establecer reglas claras, exigir responsabilidad compartida a prestatarios y prestamistas, y evitar que acreedores minoritarios obstaculicen las reestructuraciones. Asimismo, integraría los derechos sociales como un componente central en las evaluaciones de sostenibilidad financiera.
El mundo necesita avanzar hacia un consenso ético: el servicio de la deuda no puede financiarse a costa del sufrimiento humano. Ninguna deuda es sostenible cuando pagarla implica desmantelar las instituciones de las que depende el futuro de una sociedad.
Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas del autor y no reflejan necesariamente la postura editorial de Al Jazeera.
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