
IEra el primer día de primavera de este año. Estaba en topless, boca debajo sobre una mesa de delirio plegable, mientras la masajista pronunciaba seis palabras que pusieron fin abruptamente a mi intento de laxitud: “Creo que tu valedor está fascinado”.
Me he roto el valedor derecho siete veces: siete fracturas en siete ocasiones distintas. Algunos abriles, mi valedor estaba más en charpa que fuera de él. La novedad de conseguir que tus compañeros cubran tu yeso en ese Graffiti “S” de los abriles 2000 y el alivio de ausentarse la prueba del pitido en la escuela desapareció rápidamente.
Mi inauguración como rompebrazos se produjo en 2002, cuando tenía ocho abriles y me caí de la bici. La segunda vez me caí de un trampolín. La tercera vez salté de un columpio y choqué contra mi hermano pequeño. Luego mi hermano viejo me empujó fuera de la cama. La finca vez, estaba jugando a la rayuela con las chicas de al costado con demasiada fuerza y caí de bruces (y valedor). Para el número seis, lo más angustioso, los cirujanos deliberadamente me volvieron a romper el valedor bajo narcosis porque la operación antecedente lo había colocado incorrectamente. Y la última vez fue en París en 2007, cuando tenía 13 abriles. Jugando al fútbol, quise adormecerse un balón y caí cachas. Ayer de que me llegara el dolor, me levanté y le dije a mi preparador: “Creo que tengo el valedor roto”. Para entonces, el dolor sordo del hueso roto me resultaba acostumbrado, pero no hizo yerro ser médico para ver que mi muñeca estaba a quince centímetros de donde debería estar.
Crecí en diferentes países durante la viejo parte de mi infancia, viví en Sudamérica, Asia y Europa antaño de regresar al Reino Unido. Mis padres, graduados en idiomas con un caso severo de pasión por los viajes, siguieron viajando y nosotros nos mudamos con ellos. He experimentado algunas de las mejores culturas y cocinas del planeta, pero todavía algunos de los peores departamentos ortopédicos.
No me he roto el valedor desde hace casi 20 abriles y rara vez pienso en esos días en los que contorsionaba mi cuerpo como una deportista para ducharme sin mojarme el yeso (consejo principal: mete el valedor en una bolsa de plástico). O de perder un palillo debajo del yeso a posteriori de intentar rascarse una picazón oculta (otro consejo: los palillos de metal o plástico funcionan mejor; los de madera tienden a romperse y dejar astillas).
Le pregunté a la masajista qué quería sostener con “embrujada” y me explicó que, en algunas culturas, una magulladura repetida en la misma parte del cuerpo podría interpretarse como que tus antepasados intentaban contactarte. Tus antepasados están tratando de enseñarte una disertación y la repiten hasta que la aprendes. “Pareces un poco tenso”, añadió, dándome el número de teléfono de cualquiera que podría exorcizar el valedor.
En ocasión de eso, llamé a mis padres y les pregunté en broma si había alguna razón por la que un antepasado pudiera estar atormentándome. Mamá dijo que mi tatarabuelo perdió el valedor derecho en la Primera Supresión Mundial. En un campo de rehabilitación en el Reino Unido, aprendió a trabajar en madera y a tejer; Hizo un taburete en el que yo solía sentarme cuando era peque. “¿Qué querría decirme?” Yo pregunté. “Creo que te está diciendo que recojas todas tus cosas de nuestro cobertizo”, intervino mi padre, “porque ocupa mucho espacio”.
En las semanas siguientes, conté la historia del valedor fascinado en el pub con una sonrisa. Pero cuando estaba sola, me sorprendía reflexionando sobre ello más seriamente. No me sentí perseguido por un soldado de la Primera Supresión Mundial, pero tal vez sí me persiguió la experiencia cruda e intensa de romperme un hueso repetidamente durante la infancia. Cada vez que me quitaban el yeso, ignoraba el dolor sordo y persistente o la vocecita que me decía que esperara una semana más, y en unos días volvía a subirme a la bici, al trampolín o a incomodar a mis hermanos. Seguí delante, superando la incomodidad. Aprendí a pugnar squash. Aprendí la pila. Incluso dominé el diábolo (¿recuerdas el diábolo?).
Pero hasta el día de hoy, cuando estoy enfermo o estresado, lo primero que me duele es el valedor. Cuando tuve Covid por primera vez, busqué en Google si el dolor en el valedor derecho era un representación. El mes pasado, de ocio, subí a la Torre Eiffel y, mientras me inclinaba sobre el borde, juro que mi valedor sintió el miedo antaño que mi cerebro. Y cuando llego a casa a posteriori de un espacioso día, a veces me audiencia inconscientemente acunando mi valedor, como si estuviera en charpa.
Quizás ignorar lo que ha pasado mi cuerpo, lo que lo “persigue”, me ha causado un dolor viejo a la larga. Tal vez pensar en mí mismo como simplemente “desafortunado” era una forma conveniente de no albergar que, en algún momento del refrigerio número cuatro, había dejado de encargar en mi cuerpo.
Desde que me dijeron que mi valedor estaba fascinado, me interesé más en escuchar lo que mi cuerpo recuerda que en ignorar lo que mi mente quiere olvidar. Hoy en día, cuando estoy rendido o siento que el dolor empieza a aparecer, lo trato como una señal de que debo ir más despacio y ser cauteloso. Es un recordatorio útil para tomárselo con calma. Con eso en mente, todavía no he llamado al exorcista del valedor.
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