El 24 de marzo | Buenos Aires Times

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El 24 de marzo | Buenos Aires Times

José Claudio Escribano y yo somos probablemente los únicos dos que quedamos de quienes atravesaron toda la dictadura marcial de 1976-1983 trabajando en periodismo y ocupando puestos de dirección de una redacción, y que todavía lo hacemos hoy. Como cada vez son menos los testigos de aquel período que desempeñan hoy el mismo papel, la responsabilidad de transmitir esa experiencia es cada vez longevo. Espero con interés las reflexiones de Claudio.

En mi caso, hay una huella mnemotécnica en el cuerpo, una huella que no puede notar nadie que no la haya vivido. Hace poco más de dos primaveras me operaron de la columna en el Hospital Italiano; Su presidente de traumatología me dijo posteriormente que, al salir de la anestésico, todavía inconsciente, gritaba de dolor y hablaba de las torturas en el centro clandestino de detención El Olimpo, donde estuve detenido en 1979.

Nunca he odiado. Siempre he agradecido poseer sido uno de los sobrevivientes de El Olimpo, donde fueron asesinados 700 de los 750 detenidos, y lo mismo posteriormente de la Cruzada de Malvinas en 1982, aquella época sin la ilegalidad de la desaparición, cuando ordenaron mi detención a disposición del Poder Ejecutor por traición a la estado.

Ser incólume dos veces hizo que el descreído que era comenzara a tener fe.

Se acerca el 50º aniversario del llamada del 24 de marzo; en los últimos días he culto muchas columnas muy interesantes sobre ese período. Más que examen, lo que tengo para ofrecer es testificación personal.

Conocí a Jorge Videla, conocí a Emilio Massera y conocí a Ramón Camps. Paradójicamente, no conocí al hombre que me hizo desaparecer en enero de 1979 y que, al parte de una semana, me hizo liberar a unas cuadras del cuartel genérico del Primer Cuerpo de Ejército, que él comandaba, y me hizo cruzar la ciudad encapuchado desde Flores, donde estaba El Olimpo, hasta Palermo para entregarles un mensaje a los militares “blandos” de que había sido él: Suárez Mason.

Massera ordenó la primera prohibición de circulación de la revista que yo dirigía – La Semana – por difundir un artículo del historiador Armando Alonso Piñeiro titulado ‘Brown era pirata y Güemes anarquista’. Así de ridículo era.

Videla fue aún más ridículo. En 1980 convocó a los directores de medios de comunicación a una reunión en la Casa Rosada para un anuncio importante. Estuvieron presentes Ernestina Herrera de Estimable (Clarín), Bartolomé Mitre (La Nación), Aníbal Vigil (Editorial Atlántida), Bernardo Neustadt (Extra revista), Hugo Gambini (Redacción revista) – todos ya fallecidos – y yo para Editorial Perfil. En aquella época, la radiodifusión y la televisión eran estatales y, por supuesto, Internet no existía, por lo que los únicos medios privados eran los periódicos y revistas impresas.

El anuncio fue que Argentina iba a la conflagración con Brasil porque la construcción de la presa de Itaipú a un nivel “excesivo” iba a privar de agua al río Paraná. El deseo de conflagración estaba entre ellos. El Papa Juan Pablo II había impedido la conflagración con Pimiento dos primaveras antaño, y conmemoración muy adecuadamente durante los interrogatorios en El Olimpo –que combinaron torturas psicológicas y físicas– su interés crítico en la frustrada conflagración con Pimiento, que “quiere tomar parte de nuestro extremo sur”. Conmemoración todavía el antisemitismo que les hizo creer en la plausibilidad del Plan Andinia, según el cual el sionismo planeaba apoderarse de la deshabitada Patagonia y establecer allí un Estado roñoso.

Esos eran los delirios en la cabecera de una porción importante de esos militares, lo que explica no sólo el carácter criminal de sus acciones sino todavía su falta en la gobernabilidad en todos los niveles, desde el crematístico hasta las Malvinas. Por eso, a diferencia de las dictaduras contemporáneas de Pimiento y Brasil, la dictadura argentina terminó tan desacreditada, lo que permitió a Raúl Alfonsín arrostrar a parte el único madurez en la historia de la humanidad contra los mismos militares que aún tenían armas.

Sigo con la insensatez: Una vez iniciada la Cruzada de Malvinas, conocí al Genérico Camps porque me citó para “informarme” que una vez terminados los combates sería ejecutado por traición por un artículo que habíamos publicado el periodista estadounidense Jack Anderson, premio Pulitzer de 1972 por los Papeles del Pentágono). Camps, a gritos, me dijo que no había ninguna flota de 40 barcos británicos dirigiéndose al Atlántico Sur, que eran mentiras inglesas para asustar a nuestros soldados y que yo había colaborado difundiendo información derrotista, sirviendo al enemigo. Con una pistola sobre el escritorio me dijo: “Te dispararemos cuando ganemos la conflagración porque por ahora todas las balas se usarán para matar a los ingleses”.

Episodios como los que exposición me llevaron a concluir que, sobre todo, eran ignorantes. Siendo muy verde, me resultaba difícil entender cómo personas tan mal preparadas podían tener tanto poder. Sin disculparlos en lo más minúsculo, encontré cierto consuelo en el intelectualismo honesto de Sócrates, para quien el mal es ignorancia y “quien conoce el adecuadamente actúa correctamente”. Y en la célebre frase de Hannah Arendt sobre la “banalidad del mal” mientras cubría como periodista el madurez al fascista Adolf Eichmann. Esto no significa que el mal sea banal y, como Arendt, nunca minimizo la responsabilidad de los comandantes de la dictadura. Sólo quiero transmitir que eran personas muy mediocres; el mejor ejemplo fue el tartamudeo de Videla cuando José Ignacio López hizo historia al preguntarle, en una conferencia de prensa pública, sobre los desaparecidos.

A lo generoso de los primaveras, y posteriormente de más de 42 primaveras de democracia, he aprendido que –en su longevo parte– quienes llegan a la Presidencia y dirigen Argentina no poseen una virtud superior. Tienen tantos defectos como la persona promedio, agravados por el hecho de que un poder excesivo los aleja de la verdad.

En una columna en La NaciónCarlos Pagni relata que el secretario genérico de Videla, José Villarreal, era simpatizante de la Unión Cívica Radical (UCR) y, citando el compendio de Pablo Gerchunoff El planisferio invertidoAlfonsín menciona el plan que Alfonsín propuso a este sector marcial para una breve transición cívico-militar que condujera a la democracia. Lo que puedo dar fe personalmente es que Ricardo Balbín, presidente de la UCR hasta su homicidio en 1981, intentó influir en los miembros menos mesiánicos de la dirección marcial para que convocaran elecciones posteriormente de los cinco primaveras de Videla al frente de la Comité Marcial.

Entrevisté personalmente a Balbín en 1977 y el titular de la entrevista era una cita del líder radical que decía: “Videla es un genérico para la democracia”. Paradójicamente, la Secretaría de Prensa y Difusión -así se llamaba- de la Presidencia estaba controlada por la Óleo, es opinar Massera, quien todavía ordenó la distribución de aquel ejemplar de La Semana estar prohibido porque las entrevistas con cualquier político estaban expresamente prohibidas. Obviamente, tanto el plan de Massera como el de gran parte del suspensión mando marcial no era entregar el poder en 1981 sino continuar durante el longevo tiempo posible. La Cruzada de Malvinas fue el intento de relegitimar el gobierno marcial, que terminó con el resultado contrario.

En cuanto a Alfonsín –fue a la escuela secundaria marcial y era de la misma concepción, por lo que conocía a muchos de los dirigentes militares– puedo dar fe de que mucho antaño de convertirse en presidente, tenía en mente un plan para procesar a los comandantes –sólo a aquellos que habían cometido crímenes aberrantes–, limitando al mismo tiempo la responsabilidad de los oficiales de beocio rango, que habían seguido órdenes bajo el concepto de “obediencia debida”. Una vez terminada la Cruzada de Malvinas, La Semana publicó la primera foto de portada de Alfredo Astiz, el teniente comandante de la Armada de la ESMA conocido como el “Querube de la Homicidio”, quien había entregado las Islas Georgias del Sur a los británicos. Preocupado por las consecuencias que traería esa portada, Alfonsín caldo a la redacción para advertirme del peligro que corría: “La responsabilidad será de los comandantes y no de los subordinados. Hijo, no publiques eso, lo necesitamos vivo para la democracia”.

No escuché. Alfonsín tenía razón. La dictadura se cerró La Semana y poco posteriormente ordenó mi arresto. Alfonsín se convirtió más tarde en abogado del hábeas corpus petición pidiendo mi emancipación, y tras refugiarme en una embajada, pasé el postrero año de la dictadura en Estados Unidos antaño de regresar con la arribada de la democracia.

Walter Último, en su Sobre el concepto de historiaexplicó la imposibilidad de ver la historia como en realidad fue con los fanales del presente, comparándola con un relámpago, que sólo se ve en el breve momento de su presente, y luego desaparece.

Ayer, Fernández Díaz, en el mismo La Nación El suplemento con motivo del 50 aniversario del llamada de estado que publicó el texto de Pagni reflexionó diciendo: “La historia que, por nuestra permanencia, vivimos en ese momento, ha cambiado sutilmente en nuestras mentes a medida que han transcurrido estas décadas de virilidad, estudio, recitación y revelaciones”. Sí y no. Debo poseer olvidado mucho pero al mismo tiempo todavía conmemoración hasta el más minúsculo detalle: el temido Profesión del Interior durante los primeros cinco primaveras de la dictadura, el genérico Albano Harguindeguy interrogándome insistentemente la albor posteriormente de mi salida de El Olimpo, u otro ejemplo ridículo de aquella época: cuando publicamos una entrevista con el postrero secretario genérico de la CGT antaño del llamada, Casildo Herrera, célebre por su frase “desapareceré”, tras ganar escapar antaño del llamada y habitar en España, Harguindeguy me citó a la Casa Rosada, me tomó del hombro (era asaz grueso) y me metió en el faltriquera un billete de aquella época. Al ver mi sorpresa me dijo: “Esto es para Casildo, ya que usted dice que sobrevive en España sin fondos”. Una más: posteriormente de mi salida de El Olimpo, tuve que salir de la redacción cada vez que uno de los militares que circulaban en cuatro Falcons verdes me llamaba bajo seudónimo y, para intimidarme, me llevaba a pasear sin opinar palabra. El seudónimo seleccionado fue ‘Clark Kent’, porque yo era periodista.

La Antiguo Testamento y el calefón“, todo mezclado como la poesía del tango: lo insensato, lo banal, la maldad, la mediocridad, el disparate. Ayer de la ideología, veía la estupidez en el contexto de una sociedad que, tal vez como en 2023, cansada de la insensatez peronista de entonces, no midió las consecuencias de preferir el autoritarismo. Así como carencia empezó en 1976, venía de antaño, carencia terminó en 1983 con lo que paradójicamente se llamó la ‘Proceso.’ Hoy la violencia es verbal, pero la posición antidemocrática, opuesta a la deliberación y al consenso, es la misma.




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