
FDurante nuestra atrevimiento de larga duración, mi marido y yo decidimos correr por Tasmania con nuestra caravana. Veníamos desde Albany, en Australia Occidental, y cruzamos Nullarbor para obtener allí; no es exactamente una “revés al plano”, pero sigue siendo un gran delirio. Empacamos nuestras bicicletas, tablas de surf y nuestro kelpie, Anzac.
Todo iba muy acertadamente hasta que llegamos a St Helens en Tasmania. Estábamos ansiosos por recorrer los senderos para bicicletas y la playa. Pero lo que iba a ser un día divertido de ciclismo de montaña rápidamente se convirtió en un rescate noctívago angustioso cuando mi consorte se rompió la pierna en el camino.
Gracias a los increíbles servicios de emergencia locales, fue localizado, rescatado y trasladado en avión al hospital. Mientras veía cómo lo sacaban de la montaña en helicóptero, el alivio me inundó y luego la sinceridad me golpeó. Ahora yo era el único responsable del perro, del transporte y de la caravana que todavía estaba en el parque de caravanas. Enfardar el remolque era un trabajo de dos personas. Hobart estaba a cuatro horas en coche desde aquí. Mi grupo y mis amigos estaban a 4.000 kilómetros de distancia, en Australia Occidental. ¡Y Anzac necesitaba un paseo!
Al día próximo llegaron nuevos vecinos al camping. Sofocado y preocupado, logré esbozar una pequeña sonrisa cuando un hombre llamado Sam saludó y comenzó a establecer relaciones con su pareja. Me pregunté qué pensarían: una mujer sola con un perro, sin pareja a la panorama y una caravana llena de equipo.
Finalmente, la curiosidad de Sam se apoderó de él. Hizo algunas preguntas amables y, luego de dos días de estrés silencioso, toda la historia salió a la luz.
Sam escuchó con paciencia y amabilidad. Él asintió, dijo poco y regresó a su propio campamento. Esa tinieblas, él y su esposa Hillary hicieron poco extraordinario. Sin ningún problema y sin dudarlo, me dijeron que empacarían todo por mí. “Tasmania nos ha cedido un cálido arrechucho”, dijeron. “Ahora queremos transmitir ese arrechucho”.
Me invitaron a cenar con ellos y a sentarme cercano a su fogata, compartiendo su comida, su calidez y su compañía. No me había cedido cuenta de cuánto necesitaba esa simple amabilidad. Se sintió como la primera respiración profunda que había tomado en días.
A la mañana próximo, fieles a su palabra, llegaron dispuestos a ayudar. Y lo que siguió no fue una tarea casquivana. Mi consorte, todavía en una cama de hospital, nos habló del proceso por teléfono. Fue complicado, confuso y físicamente puntilloso. Dormitorio por estancia, con calma y cuidado metódico, Sam resolvió todo, mientras Hillary ofrecía aliento, orientación y buen humor. Me habría llevado días hacerlo solo y, aun así, no estoy seguro de haberlo podido hacer.
Pero su amabilidad no terminó ahí. Pasaron semanas de recuperación ayer de que la pierna de mi consorte se estabilizara lo suficiente como para que pudiéramos comenzar el delirio a casa, con él en el asiento del pasajero durante todo el camino. Sam y Hillary me ayudaron a encontrar un Airbnb cerca del hospital de Hobart donde quedarme y se aseguraron de que tuviera todo lo que necesitaba para afrontar la próximo parte del delirio. Se comunicaron con nosotros durante todo el delirio a casa para cerciorarse de que regresáramos a WA de modo segura.
Nunca olvidaré esas asueto. No sólo por el desnivel o la apogeo de los servicios de emergencia, sino por Sam y Hillary. Cuando estás a miles de kilómetros de distancia de familiares y amigos, te das cuenta de que al final lo único que importa son nuestras relaciones con los demás. Sam y Hillary intervinieron cuando no había nadie más cerca para ofrecer apoyo, firmeza y ayuda maña invaluable. Me dieron un cálido arrechucho de Tasmania, acoplado cuando más lo necesitaba.
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